El terremoto humano
El sábado por la noche, en el momento del terremoto, volvíamos del
campamento de asesoras de CEFA, con las pilas bastante recargadas y
con ganas de trabajar con jóvenes en nuestro barrio. Regresábamos
al fin a casa en bus con algunas compañeras de Santo Domingo que
iban a quedarse esa noche en Guayaquil y con Alfonso, nuestro amigo y
voluntario en Portoviejo.
Al llegar a casa Jaime, el hermano de Clara, nos cuenta que se ha
movido la tierra. Nos pregunta si hemos sentido el terremoto. Decimos
que no, que íbamos en el bus y nos enteramos por ello de que los
sismos no se sienten en movimiento. Nuestra compañera comenta que
nunca había sentido uno tan largo, y la cosa se quedó ahí.
Nos
costó ir al centro al día siguiente, comenzar a ver noticias e
imágenes por Internet para darnos cuenta de lo fuerte que era lo que
realmente estaba ocurriendo y de la magnitud de la catástrofe que
acababa de sufrir el país. Nos comenzó a llamar todo el mundo de
Ecuador y de Madrid. El domingo pudimos ver en una nueve de octubre
desierta (es como la Gran Via de Madrid) y sin apenas luz cómo
algunos edificios del centro parecieran a punto de desplomarse;
también vimos enormes grietas y escuchamos en la televisión de la
muerte de un hombre en un puente de Guayaquil. Al mismo tiempo,
Alfonso se comunicaba con los amigos de su ciudad que daban cuenta de
un Portoviejo desolado y destruído por completo y de que todos los
vecinos se habían subido a la loma; del mismo modo recibimos
noticias de Puerto López donde las personas se habían refugiado en
la montaña por la alerta de tsunami.
El
lunes a la vista de lo ocurrido, sabiendo ya que hablábamos de
terremotos más fuertes que algunos de Japón, Jaime el hermano de
Clara, y Alfonso se marcharon a Portoviejo a echar una mano y a ver
cómo se encontraba la escuela y su propia casa. Nosotros nos
dirigimos a la escuela que había suspendido actividades y a llevar
unas donaciones de allá a Hogar de Cristo, ya que están muy cerca.
Nos despedimos en medio de toda esta vorágine deseándonos buen
viaje.
Allá
nos pidieron ayuda desde la coordinadora de voluntariado, Patty, para
llevar unas donaciones a Portoviejo al día siguiente y aceptamos. El
resto de la tarde fuimos a casa a descansar porque aunque nuestra
intención era ir al centro de convenciones de Guayaquil a organizar
donaciones ya era demasiado tarde y no sabíamos ir bien. Estuvimos
disfrutando del gatito que nos dejó el terremoto puesto que su madre
lo abandonó asustada.
Finalmente el martes preparamos la furgoneta para partir.
Nos
dirigimos más lejos de lo previsto: a Jama, cuna de una de las culturas originarias
de Ecuador, y que parecía estar mucho más destruida y desatendida.
El viaje fue una odisea para juntarnos con el otro gran camión que
venía desde Cuenca y la furgoneta. Los tres logramos llegar a
Portoviejo, pero a partir de ese punto necesitábamos escolta
policial. Llegamos al fuerte militar, que se ha convertido estos días
en centro de acopio. Llegamos para llenar el camión con colchones y
agua que los militares querían hacer llegar pero no tenían
combustible para poder hacerlo.
Lo que vimos helaría a cualquiera las venas: una cola inmensa se
agolpaba a la entrada pidiendo comida y gritando “¡las donaciones
son para el pueblo!” No podíamos permanecer mucho tiempo allá,
teníamos que mover la furgoneta, dos personas nos quedamos fuera
vigilando. En el momento de arrancar Clara no pudo subirse a la parte
de atrás y nos alcanzó corriendo. La gente la gritaba: “¡no os
llevéis las cosas! ¿Dónde lo llevan?” La verdad es que se pasaba
miedo. La desesperación se palpaba en el ambiente.
A través de la valla en el lugar donde pudimos dejar el carro
esperando a que saliese el camión conversamos con un jovencísimo
soldado que nos habló de cómo el centro de Portoviejo era un
cementerio y de que su propia familia hoy no tenía nada que echarse
a la boca. Le dimos una botella de agua y proseguimos de nuevo a la
entrada del fuerte. Poco a poco la gente marchaba puesto que caía la
noche, algunos con funditas de comida, la mayoría sin nada.
Conseguimos
escolta policial para el camino. Ya era de noche y llevábamos un
gran camión ahora aún más repleto. Los policías se iban turnando
en las diferentes postas tal y como habíamos quedado en el fuerte,
aunque algunos se resistían a terminar su turno. A la altura de
Charopotó nos juntamos con otras camionetas, algunas transportaban
cadáveres con máscaras y guantes. Se dirigían a Bahía de
Caraquez. En este punto nos quedamos dormidos un trecho, nos dolía
mucho la cabeza. Llegamos a Jama sobre las 12 y media de la noche.
Al llegar nos dirigimos al punto de emergencia-centro de acopio que
se había instalado en el mercado según nos contaron en la UPC
(Policía Comunitaria). En este centro dejamos algunas de las
mercancías que nos habían entregado para seguir repartiendo a la
mañana siguiente.
El
pueblo estaba totalmente desolado, al ser de noche no veíamos el
estado de todas las casas. Pero aún así alcanzamos a ver techos
caídos y cables vencidos por todas partes. Dormimos en el patio de
la familia de la doctora que nos acompañaba, originaria de allá y
que estaba totalmente impresionada. La familia fue definitivamente
amable dándonos cobijo durante la noche. A las 4 de la mañana
sentimos una gran réplica, el suelo temblaba y se movía como en un
barco. Tan agotados estábamos que intentamos volver a dormirnos.
A
las 7 de la mañana llegamos al centro de salud donde nos esperaban
los médicos voluntarios con los que habíamos quedado para dejarles
las cosas disponiéndolas para las brigadas que iban a hacer a los
pueblos cercanos como Don Juan. En ese momento se estaba realizando
una reunión del COE (Comité de Emergencias) con el alcalde, puesto
que había mucha desorganización y se estaban replicando funciones
como la recogida de información.
Tras
insistir en que el camión debía irse hasta Cuenca algunos médicos
y militares nos ayudaron a descargar agua y comida para los propios
médicos y voluntarios, que nada tenían. El resto lo llevamos al
centro de acopio, ya que era arriesgado aventurarse al pueblito con
el camión. Sí vimos que en la otra puerta del centro de acopio
descargaban varias furgonetas los voluntarios para ir a los pueblos y
comunas. En ese momento aprovechamos para hablar con algunas familias
que nos contaron cómo su casa se les vino abajo totalmente,
preguntaban si Hogar de Cristo volvería a hacer casitas y también
nos compartían sus ganas de volver a la calma. Encomiable fue como
niños y adultos del pueblo de Jama ayudaron a descargar todo el
resto del camión.
Hacia las 10 de la mañana nos dirigimos al “campamento” (no hay
nada organizado) de Don Juan donde buscábamos a una chica a la que
no encontramos.
Proseguimos nuestra marcha a Portoviejo a Hogar de Cristo. Agotados y
bastante tocados con todo lo vivido y sentido. Además la marcha se
vio interrumpida por los mareos continuos de Clara que finalmente
pudo pararlos con la ayuda de la doctora y de una medicina.
El terremoto ha caído sobre una población que ya ha sido
anteriormente vulnerada en sus derechos muchas veces, una población
que conoce la corrupción, la falta de vivienda, agua potable y
tantas cosas como dicen aquí. Por eso, el terremoto humano y no el
fenómeno físico es lo que ahora importa tratando entonces de
comprender que se reconstruirán vidas y no solo casas, proyectos,
sueños y esperanzas; y no solo turismo y comercio.
En este sentido ojalá no decaiga la solidaridad humana y no sea cosa de unos meses en los que la tele nos despierta de nuestro letargo, sino que vivamos despiertos y que abramos los ojos canalizando nuestra ayuda a través de las organizaciones que merezcan nuestra confianza.
Sin
embargo, que estas noticias fatalistas (la ayuda no llega, la ayuda
no sirve) no nos impidan actuar y sentirnos cerca de tantas personas
que (y doy fe de ello) todavía duermen con una pesadilla en el
cuerpo: la de no estar seguros ni seguras de que la tierra sea firme
y pueda sostenerlos.
Se trata de sostener, sostener emocionalmente y sostener humanamente
en los próximos meses.
No
olvidarnos de las alegrías para contagiarlas, superar el dolor y
seguir caminando.
Clara y Jaime

