martes, 7 de febrero de 2017

ReVuelta


Antes de nada dejar claro algo. Escribe Jaime, sobre Jaime. Clara y yo hemos tenido un proceso parecido, pero esta vez quería escribir sólo. El que menos habla, menos escribe (también en este blog) y más queda hacia dentro de los dos, por lo que a veces puede parecer que también soy al que menos le importan o afectan las cosas. Dicho esto, aquí queda un pedacito de mi proceso.

Dos años fuera, a 9000km de distancia. Distancia en el lenguaje, en las formas, las preferencias y, los estándares. 9000Km de diferencias que sólo me confirman lo más esencial y lo más humano:

Sin comunidad no somos nada, y sin relaciones humanas no hay comunidad. Las relaciones no pueden ser sanas si no están basadas en la libertad y el amor. Y así, todos solit@s o envenenad@s creyéndonos los más autosuficientes nos seguimos peleando por las migajas de un sistema donde el pan lo tienen siempre los mismos, y curiosamente ellos si actúan en comunidad; el narco con el gobierno, los paracos con el gobierno, las empresas con todos los anteriores, y los paraisos fiscales con todo el que no tenga escrúpulos para hacerse de oro a costa del sufrimiento humano, una comunidad próspera, la de los sinvergüenzas.

Antes de venir a Ecuador, pensaba que al final del viaje estaría cambiado, transformado. Y lo cierto es que esto se ha quedado en una verdad a medias. Mi cambio ha sido un continuo reafirmar lo que ya sentía y pensaba sobre el mundo. Al final de este viaje siento más que nunca que la escuela clásica falla (por eso está en un continuo reformismo que...), que ver personas antes que etiquetas es vital, que todo el mundo tiene algo que decir, que la autogestión es el camino para millones de cosas y que hablamos demasiado de dinero y nos da vergüenza hablar de sueños, soñar despierto, jugar, porque ya estamos grandes para todo esto. Porque estar grande es un viraje hacia un registro de grises insoportable, donde el ocio está diseñado por anuncios de ron y que, en las contadas ocasiones en que  se ofrece el juego como ocio; se reviste, empaqueta y encarece para que puedas sentir que está permitido jugar y ser adulto, eso sí, sin decir nunca “juego”, como es el caso del paintball, o los deportes de riesgo tutelados (canoping, puenting, y otro monton de engendros con raiz española y gerundio inglés). Tengo suerte de haber conocido a un montón de loc@s de todas las edades que me han enseñado que estar grande es una decisión, y que jugar es algo maravilloso con cualquier edad.

La mitad de esa verdad a medias es que efectivamente se han añadido cosas a lo que soy. Hoy soy mucho más tolerante con lo religioso, pero también soy mucho más exigente y duro con los meapilas. Entiendo mejor la cultura del pobre, y que lo que solemos ver, es más el resultado de la destrucción de su cultura por parte de la cultura del rico y la cultura de la clase media, llena de miedo. También he aprendido sobre mis propios límites y que es posible eso de “estar presente” y “vivir el ahora”, al menos he tenido mis momentos. He podido aprender todo esto de las conversaciones con buenos amigos y amigas, con acompañantes en este proceso, con Clara, conmigo mismo, de libros, textos, películas, etc.

Sólo puedo agradecer todo el amor recibido en estos dos años, las faltas de amor me han enseñado y las perdono, pero no han sido nada gratas.
Voy a terminar con algo de mi cosecha a lo Anthony de Mello:

Un anciano era conocido por ser el hombre más feliz de una aldea bañada por el Mar Mediterraneo. Un día, un jóven viajero se acercó a él para preguntarle:
-Disculpe hay algo que me ronda la cabeza. No quiero saber cómo, si no ¿por qué es usted feliz?
-Porque me da la gana.
-¿Y si ocurriera algo? Algo terrible a un ser querido o a usted mismo. Si lo perdiera todo o sufriera una terrible enfermedad, ¿seguiría siendo feliz?
-Sólo si me siguiera dando la gana.

Me vuelvo a España con muchas perdices en la cabeza, y con la voluntad de que no me las maten las conversaciones sobre dinero o la falta de trabajo, ojalá que me siga dando la gana.

martes, 24 de enero de 2017

¿Podemos ser comunidad?


¡Qué difícil es eso de ser una comunidad!

Llevamos ya mucho tiempo en esta experiencia reflexionando sobre ciertos temas, uno de ellos es la  la propia creación de una comunidad. Algunas de las cosas a las que más amor y ganas hemos puesto (hayan o no salido como deseábamos) tienen que ver con la búsqueda de una comunidad.

Lograr que las personas se unan, hagan cosas juntas, sin necesidad de que un poder superior lo mande o, incluso, lo facilite.

Quizá una de las primeras dificultades que se impone a esta idea de comunidad es la idea ingenua que tenemos de "integración" como si ésta fuera que para integrarnos tenemos que dejar de lado todo nuestro ser, nuestra historia, valores, cultura...eso es sencillamente imposible. Lo único que es posible es cultivar habilidades sociales, tener paciencia y saber escuchar a nuestro verdadero yo y no tanto al ego para intentar comprender a los demás incluso cuando son tremendamente diferentes; y eso es genial y difícil, pero no hay nada más. Resulta que la verdadera integración viene de las relaciones, del afecto, de la experiencia hermosa de que la otra persona te acepte con tus cosas. Y esto no siempre pasa. Por eso no siempre tenemos comunidades, tenemos "grupos", "gente", etc. etc. y por eso no siempre "nos integramos", que deberíamos mejor decir "nos integramos con la otra persona y ella con nosotros" porque es un verbo en relación.

A pesar de que usemos tanto el término "comunidad" hay otras dificultades. En muchas culturas, ahora casi universalmente con esta pesada "globalización", nos pasamos el tiempo haciendo "grupitos" y disgregando a las personas en el trabajo,  en la escuela, en el turismo, en el ocio, en la edad para leer un libro...¿cómo queremos después que todas y de todas las edades se unan sin importar nada más escuchando al mismo nivel? Será la primera vez en su vida.

La "comunidad" exigiría que a toda persona que forme parte de ella se la escuche y tenga en cuenta. Esto nos cuesta muchísimo en un mundo que nos atomiza continuamente haciendo que no conozcamos al vecino. Pero parece que seguimos con el ideal de comunidad porque el término se utiliza repetidamente en educación, en trabajo social, en la propia "comunidad" de vecinos; ¿qué es eso? ¿Por qué se llama "comunidad!?

Para continuar con las dificultades el trabajo comunitario no tiene resultados a corto plazo  y además no están marcados por fechas (aunque estos eventos sean muy bonitos), sino por cómo avanzan esas relaciones. El trabajo comunitario tampoco lo marcan las elecciones. El trabajo comunitario se crea en la rutina (oh sorpresa) como todo lo importante. 

Esto es cada vez más complicado porque influídos e influídas por la política (la de los políticos, que creen que es la única) y los medios de comunicación las personas que nos encontramos en "las comunidades" quieren resultados en todo inmediatos, gratuitos o vendibles. Lo más valioso que tienen es su propia energía y creatividad, pero es difícil darnos cuenta de esto. Lo vas experimentando con el "solo no puedes, con amigxs sí", pero ¿y si nunca lo experimentas? Es lógico que seas reticente.

Otra de las dificultades, polémica por otra parte, es el paternalismo de las organizaciones que ha impedido que las "comunidades" crezcan y se desarrollen. 

La madurez de una comunidad es poder funcionar por sí misma, y saber lo que necesita, organizándose para ello.

Esto todavía está lejos de muchas comunidades, en espacios donde conviven personas, pero esta ausente el dar tiempo al otro/a y cooperar. 
Por eso creemos que deberíamos reflexionar sobre si nuestros espacios son comunitarios o si están en camino. Si nosotras mismas y nosotros somos comunidad o estamos en camino.

Lo que sí creemos es que nos vamos convirtiendo en agentes comunitarios por relaciones que nos han cambiado y nos han demostrado amor y apoyo mutuo aunque seamos tan raros, diferentes y vengamos de tan lejos.

Y ser agente significa tomar nota de lo que has tenido la suerte de vivir y ser responsable de tus acciones de ahora en adelante.

Clara y Jaime